La guerra de los gustos teatrales

Por Raquel Rufo González

Ya se sabe aquello de que “sobre gustos y colores no han escrito los autores” y, si no, que se lo pregunten a los dramaturgos teatrales neoclásicos, que durante el S. XVIII, en pleno apogeo ilustrado, vieron cómo sus obras a duras penas llegaban a representarse, y que el Siglo de Oro, pese a los intentos de los reformistas por cambiar el rumbo de la escena española, continuó copando los teatros del país hasta bien entrado el último cuarto de siglo.

En este contexto, la afición no aplaudía otra cosa que no fuera la espectacularidad del teatro clásico barroco, una estética que no podía estar más alejada del teatro refinado que anhelaban los teóricos neoclásicos: verosimilitud, racionalidad y didactismo. Pronto se dieron cuentan de que el teatro podía ser un gran aliado para la implantación de la nueva ideología que serviría para la ansiada reforma moral y social de España, por lo que empezaron a poner todos sus esfuerzos para hacer del teatro vehículo de las ideas ilustradas.

Así las cosas, los detractores del teatro barroco y sus defensores comienzan su peculiar lucha por el poder. El primero en criticar las prácticas barrocas fue Luzán, quien, en Poética, reprocha la ausencia “de decoro moral” de los dramaturgos barrocos, la ruptura de las tres unidades de la preceptiva clásica (la unidad de tiempo supone que la obra no ha de durar más de 24 horas; la de espacio, que la acción solo puede desarrollarse en un único escenario, y la unidad de acción, que implica que solo debe existir una trama) y la mezcla de lo cómico con lo trágico. Las críticas encarnizadas de Luzán no solo atentaban contra la manera de hacer teatro de la época, sino que suponían un ataque a toda una forma de vida, la española, ya que algunos veían en las ideas ilustradas un exacerbado ‘extranjerismo’ debido al empeño que se ponía para que el teatro español imitara a la estética del teatro de países europeos.

Auto de fe

A pesar de estas diatribas, el acontecimiento que hizo saltar las alarmas fue la prohibición de los autos sacramentales en tiempos de Carlos III, ya que “presentaban erróneamente los preceptos del cristianismo”. Así pues, en 1765, y por decreto real, se prohíben totalmente los autos sacramentales, considerándose este hecho “un ataque a la tradición” e imponiendo así a la fuerza la manera dieciochesca de hacer teatro.

Después de todo este periplo y llegados ya a la última parte del siglo XVIII, penetra, aunque con calzador como hemos visto, el teatro neoclásico. De hecho, fue tan tardío que en algunos casos conviviría con elementos plenamente románticos.

Con el barroco ya por fin en horas bajas, los neoclásicos intentaron crear una tragedia de tema español tomando como modelo la francesa. Fracasó. Los motivos fueron dispares: la ausencia de una tradición trágica en España, excesivo formalismo, falta de sentido teatral en buena parte de las obras… Pese a ello, sí que se representaron una gran cantidad de tragedias en el siglo XVIII, sobre todo adaptaciones y traducciones de obras francesas, ya que, como se ha mencionado con anterioridad, los intentos de autores españoles como Fernández de Moratín, Cadalso o López de Ayala fueron fallidos. Solo un hombre, Vicente García de la Huerta, con su tragedia neoclásica Raquel, consiguió el éxito de público.

Leandro Fernández de Moratín

En cuanto al otro género destacable de la época, la comedia neoclásica, cosechó mayor aceptación, quizá porque hubo un escritor, Leandro Fernández de Moratín, que supo meterse al público en el bolsillo llevando a escena temas de interés general que afectaban a la sociedad. No ocurrió lo mismo con el resto de los dramaturgos de la época. De hecho, a la comedia neoclásica se la conoce como moratiniana, lo que pone de manifiesto la importancia de este autor dentro de la comedia neoclásica.

Y si vamos a hablar de Moratín, tenemos que detenernos en El sí de las niñas. En ella, el autor critica los matrimonios concertados en los que una mujer se casa con un hombre mucho mayor que ella por decisión de los padres, prevaleciendo los intereses económicos y sociales. Con tal trama, no es que Moratín desaprobase la opinión paterna en este asunto, sino que esta decisión se tomara sin un juicio sensato, es decir, sin tener en cuenta las pautas pedagógicas ilustradas.

La comedia moratiniana pervivió bastante tiempo, incluso monopolizando el teatro de principios de S. XIX, un siglo que puso en una encrucijada a todos los escritores españoles. La Guerra de la Independencia contra Francia les hizo tomar una dura decisión: defender una monarquía que intentaba poner freno a las tropas napoleónicas, o ponerse del lado de José Bonaparte confiando en conseguir un nuevo orden social más estable y moderno.


Raquel Rufo González es periodista y experta en Locución Audiovisual. Ha trabajado en diversos medios de comunicación de prensa y radiofónicos. Actualmente, es docente de la especialidad de Lengua castellana y Literatura en un Instituto de Educación Secundaria.

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